
Aunque la cosa pasó hace ya varios meses, sigo el consejo de mi amigo Francisco y la comparto con ustedes.
Domingo a medio día. El olorcito a asado se filtra no se por dónde y me hace tomar la decisión: hoy, almuerzo asado. Por razones que no viene al caso enumerar en este momento, ese día estaba sola. Peor aún, a ninguno de los amigos que tienen casa, con asador e incluso pileta, se le ocurrió invitarme a comer un asadito.
No dispuesta a cambiar de menú, me dirigí a una famosa parrilla de mi barrio (General Paz), a pocas cuadras de mi departamento. El olor me fue llevando. Al llegar, un letrerito en la puerta me dio la estocada final: Parrillada para dos 37 pesos (aclaré que fue hace algún tiempo, ahora debe estar en 50).
Entré.
La moza pregunta:
-¿Mesa para cuántos?
-Para uno, le contesto
-¿Perdón?
-Para uno!
Ya en ese momento empezó a mirarme como a bicho raro. El restaurante no estaba preparado para una persona sola, así que tomé asiento en una mesa de dos, que hacía notar más que sólo era una.
-¿Vas a ordenar?
-Si, parrillada por favor.
-Lo siento, la parrillada sólo se vende para dos.
-Por favor! Estoy sola!
-Si quiere le traigo fideos.
-No! Yo quiero parrillada…así me la cobre un poco más cara!
-No, no le puedo vender parrillada para uno.
Me pregunto ¿Por qué te hacen todo tan difícil? ¿Es que la vaca se carnea distinto cuando es para una sola persona? ¿Es que los chorizos son siameses? ¿Le costaba mucho en lugar de traer dos costillas traer una; en lugar de dos morcillas, una?
Si les interesa el final, pedí parrillada para dos, hice servir la mesa para dos, comí, bebí y pagué por dos.
Estas cosas que pasan te hacen sentir que la soledad no es una opción. En una sociedad como la nuestra, una persona que vaya al cine sola, a un restaurante sola, siempre va a ser vista como un bicho raro.